En una crisis, Darío Palacio creó dos firmas que generan más de 50 empleos.
Antes de bajarse del avión que lo traía de Argentina a Colombia, Darío Palacio debía decidir qué iba a hacer con su vida… Fue hace tres años. En ese momento estaba medio derrotado. Tenía la intuición de que en cuestión de horas o a lo sumo de días se quedaría sin trabajo, y, de sobremesa, su esposa le acababa de dar la noticia de que serían padres.
En la cuenta regresiva de seis horas y media que duró el viaje sus neuronas no pararon de producir ideas en borrador y su mano derecha rayó hojas y hojas. Su única certeza era que quería desarrollar algo aprovechando Internet y las redes sociales.
Las ideas que surgieron de esa crisis tienen hoy nombre y vida: Kactoos y Digital. El primero es un portal de ventas con 50 aliados comerciales y más de 600 mil abonados. La segunda es una firma de aplicaciones tecnológicas que diseña portales para empresas; de una es socio y jefe de producto y de la segunda, copropietario.
Kactoos pone en contacto a empresas y almacenes con personas que quieren comprar algo específico como un teléfono celular, un computador, un iPod u otro accesorio tecnológico. Se trata de una práctica que suele aplicarse entre amigos, que, por ejemplo se unen para irse juntos de viaje y así obtener mejores precios en pasajes, comida y alojamiento.
Lo que hace Kactoos es aplicar el mismo principio de unión dentro de una plataforma digital. La diferencia es que quienes se alían para adquirir ni siquiera se conocen, solo son aliados circunstanciales con una necesidad común y que persiguen el beneficio de un descuento.
El otro concepto que se pone en juego es el de marketing de enjambre. Palacio lo explica así: “A través de Internet y de las redes sociales estamos interconectados e influenciados, como en los cardúmenes, donde a pesar de no tener un líder, todos los peces se conectan y van en la misma dirección”.
Así, si alguien en Internet menciona que quiere algo, que necesita algo o que compró algo y le fue bien, puede influenciar a sus contactos. La empresa obtiene un porcentaje por cada venta realizada, recibe ingresos por publicidad y por compartir sus bases de datos. En menos de dos años (los cumplirán en febrero del 2012), ya extendió operaciones por Colombia, Brasil y México, y está inscrita en Estados Unidos, donde aspira a ingresar en un futuro no muy lejano. Su lema es ‘Shop together and save’, que en español significa compremos juntos y ahorremos.
Apariencia de estudiante
Ahora que la firma es boyante, que funciona en el exclusivo sector de El Poblado, en Medellín, con 50 empleados, su creador, Palacio, de 35 años, sigue con la apariencia descomplicada de un estudiante. Va en bus de su casa al trabajo, viste bluyines, camisa deportiva, tenis, barba incipiente y una infaltable manilla amarilla que lo distingue como hincha del Boca Juniors.
Con la distancia de los años, recuerda que para llegar al punto presente le tocó sacar callo, y no es metáfora sino una realidad literal, porque hizo de montallantas y lavador de carros para sostenerse.
Recorrido de un emprendedor
Darío nació en Medellín. A los 5 años sus padres se separaron, su mamá se volvió a casar con un francés y partió al extranjero siguiéndolo. Por eso el niño vivió varias temporadas con la familia materna y otras en España y Argentina. A los 18 años se rebeló y se vino desde Buenos Aires, pero no a la confortable casa de sus abuelos sino a pagar renta en una habitación, gracias a lo poco que ganaba parchando ruedas en La Bayadera, un sector del centro de Medellín, donde la gente acude por servicios automotrices. “Mi padrastro dijo que me ayudaba pero si estudiaba. Tenía que validar el bachillerato”, relata. El ofrecimiento coincidió con un ascenso a vendedor de llantas.
Presentó las pruebas del Icfes y de nuevo la pareja de su mamá le tendió la mano pagándole los semestres de administración de empresas en la Universidad Eafit, una de las más caras de la ciudad; pero la manutención se la tuvo que ganar a punta de agua y jabón, en un spa automotriz justo al lado del prestigioso centro de estudios. “A mí no me importaba que me vieran los compañeros, con los montallantas la pasaba muy bien. Todavía voy por ahí y saludo”, anota convencido de que a esa experiencia le debe en parte lo que es hoy.
Internet no era por esa época ni la sombra de su desarrollo actual, pero a él ya le empezaba a inquietar la manera de usarlo como herramienta de marketing. Lo inspiró Hernán, su primo y casi hermano, un matemático que dictaba clases a domicilio y evolucionó el servicio con una plataforma para hacer tareas. Su proyecto era tan bueno que lo compró un conglomerado económico.
“Como administrador vi que el negocio estaba en el marketing on line, pero en la Universidad no se había desarrollado ese tema, aplicaban solo marketing tradicional. En el 2000, cuando llegó el momento de las prácticas, me tocó inventármelas porque tampoco había ninguna empresa en la ciudad que lo tuviera”, recuerda.
Darío terminó en Polonia trabajando con la Renault seis meses. Ahí presentó un proyecto que le abrió las puertas de la misma empresa y de Yahoo para una segunda pasantía en Brasil, con un sistema de ventas por la red. Vino a Colombia y, tras graduarse, tuvo un periodo de aridez laboral en el que se desempeñó como jefe de bodega en un almacén de grandes superficies de Bogotá. “Lo único que quería era trabajar en internet, pero no lo lograba”, se lamenta.
Por eso, en abril del 2002 se fue para firma de publicidad Lowe, a manejar campañas digitales por una cuarta parte de lo que ganaba. Le tocaba caminar una hora de la casa a oficina. Todo con tal de cumplir su aspiración.
No duda en decir que uno de los días más felices de la vida lo tuvo en el 2003, cuando le ofrecieron volver a Medellín, con una empresa que desarrollaba productos para telefonía móvil, y que le permitió viajar de México a la Patagonia durante un lustro.
Posteriormente su mismo jefe le propuso ser socio de una empresa similar desde la cual podría realizar toda su inventiva, pero seis meses después las ganancias no se veían y él se fue a Buenos Aires a tratar de abrir brecha sin consultar, por lo que era inminente la ruptura con sus partners.
En esa sinsalida andaba en octubre del 2008 el padre de Florencia, cuando tuvo las 6 horas y media más productivas de su vida.
Néstor Alonso López
Corresponsal de EL TIEMPO
Medellín
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